baner superior

9 de marzo de 2011

Otras memorias, en el 136° aniversario de la Fundación de la Ciudad de Deán Funes

(Por Leonor Carunchio Gsell)

Plazoleta de Los Inmigrantes - Deán FunesDespierta la mañana y el sol sacude la pachorra de los días distendidos, del silenciado despertador, de los momentos sin prisa que nos permitimos en las vacaciones de verano, tan necesarias como placenteras.

Ya las hojas pardo-rojizas, que componen coloridas alfombras en aceras y calzadas, anuncian que el señor Otoño hará su entrada triunfal con el próximo equinoccio.

Es 9 de marzo y mi corazón está de fiesta. Como en cada aniversario de mi ciudad, se conjugan al unísono el presente y los recuerdos. Valoro la plenitud de estos días, la bendición que a mis años me otorga la VIDA, y salgo a recorrer las calles con rumbo al norte.

Me encuentro con una niña de impecable guardapolvo blanco, almidonado. Un enorme moño de tafetán adorna su cabeza orlada de “chorritos” de rubios cabellos.
Porta una carterita de cuero color beige, con dos bolsillos y un broche dorado. Es para ella, el cofre de Pandora que atesora lo más valioso y diverso.

Osadamente la abro, con cierta reverencia, y allí encuentro esa cajita de madera pintada, montones de figuritas de muñecas recortadas del Billiken, trozos de losa, cristales transparentes, piedritas… los famosos “tejitos”, utilizados para señalar las líneas rectas de la rayuela, dibujada en la tierra fresca del patio de la escuela.

Es que la niña soy yo, de camino a la escuela José María Paz.
Sigilosa sigo sus pasos. La veo detenerse en el 31 de la calle Sarmiento. Allí compra los exquisitos pastelitos de hojaldre y dulce de membrillo, que elabora María Dalinda Quinteros.
Curiosa y audaz se interesa por todo lo que se presenta a su paso.

En una casa de la siguiente cuadra, saluda al señor Enrique Pizzulini y le transmite un recado de su madre.

La última cuadra la hace corriendo, porque en el descampado de la esquina de la calle Almirante Brown, la espera su amiga y compañera Blanca Mirón. Juntas irán a buscar a Lily Rodríguez, a comer unas moras en casa de Nora Quiroga y a juntar esos tronquitos y ramas, tan necesarios para alimentar, en los días invernales, las chimeneas que la escuela tiene en cada una de sus aulas.

El “tan tan” de la campana las convoca presurosas. La clase está por comenzar.

Cuántos recuerdos, cuántas vivencias, cuánto trayecto recorrido.

Es que mi vida es, un poco la vida de la ciudad, que dejó atrás sus calles polvorientas, su mentado olor a peperina, su rostro pueblerino, su sencillez cotidiana, para proyectarse de la mano de su gente a otros horizontes.

Con esa magia de la mente humana, que recorre años y distancias en un abrir y cerrar de ojos, estoy nuevamente aquí y ahora sintiendo esa calidez contenedora que ofrecen las familias y es que quienes, hace años, peinamos canas, hemos crecido como en una gran familia en la que, unos y otros, nos reconocíamos como integrantes y nos respetábamos.

Pese a diferencias, pequeñas o grandes rencillas, y desavenencias, algo no extraño en el común de las familias (y no por eso dejan de quererse).

Considero que Deán Funes debe continuar siendo el espacio acogedor, fraterno, comprensivo, que cobije a todos, respetando sus ideas, sus errores y sus aciertos. Privilegiando lo que nos da identidad, lo que nos contiene, une y es motivo de satisfacción y de orgullo.

Deán Funes tiene hijos que, con su arte, con su música, con su poesía, con su trabajo diario, le han dado el perfil que la distingue, no sólo en el territorio nacional sino también en otros lares en donde su nombre va, en la presencia de sus hijos que triunfan.

¿Que no tenemos todo lo que sanamente desearíamos?¿ Que podríamos lograr más? Sin ninguna duda.
Por eso, Deán Funes necesita de todos pero, en especial, de su juventud ya que los jóvenes son creativos, idealistas, soñadores y la pasión que los anima es superior a cualquier desafío.

Reciban con compromiso la posta y eleven bien alto la antorcha que ilumine los años por venir. No es tarea sencilla pero si hay amor, compromiso, decisión y entrega y… por qué no, sacrificio, todo es posible.
No alienten envidias ni egoísmos que, son como pesadas rémoras que agobian, y no sirven para construir lo que se quiere.

Hay que dar lo máximo, que está en las posibilidades personales, de cada uno, con generosidad y altruismo, privilegiando el interés común.

Este año se cumplen, precisamente, 200 años del nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento que, “allá lejos y hace tiempo”, comprendió que la educación y el conocimiento son las puertas ineludibles de la superación del hombre.

Leonor Carunchio Gsell

Fuente: www.nosotroscordobeses.com.ar

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